No obstante, al estar rodeados por el caos, resulta comprensible que tendamos a mitigar todo el horror de la contingencia insinuando que ciertas cosas no ocurren porque tienen que ocurrirnos, dando así al fárrago de la vida una intencionalidad y una dirección que la apuntalen. Aunque los dados puedan rodar de muchas maneras, nosotros esbozamos frenéticamente pautas de inevitabilidad, sobre todo por si un día acabamos enamorándonos de forma inevitable. Nos vemos forzados a creer que este encuentro con nuestro redentor - objetivamente fortuito y, por lo tanto, improbable - ya ha sido escrito en un pergamino que se va desarrollando poco a poco en el cielo, y que por consiguiente el tiempo quizá tenga que revelarnos (por muy reticente que haya sido hasta ahora) la figura de nuestro elegido. Pero ¿qué hay detrás de esta tendencia a leer las cosas como si fueran parte de un destino? Quizá sólo su contrario, la angustia ante la contingencia, el miedo a que el escaso sentido que tienen nuestras vidas no sea sino una creación nuestra, que no exista pergamino alguno (y por ende ningún hado previo que nos aguarde) y que lo que pueda o no pueda ocurrirnos (el que podamos conocer o no a alguien en los aviones) no tenga otro sentido que el que pretendamos atribuirle; en pocas palabras, el temor de que no hay un Dios que cuente nuestra historia, y por tanto, garantice nuestros amores.
El fatalismo romántico ha sido, sin duda, un mito y un espejismo, pero ésa no era la razón para desecharlo porque fuese disparatado. Los mitos pueden adquirir una importancia que va más allá de su mensaje principal; no tenemos por qué creer en los dioses griegos para saber que nos dicen algo vital sobre el espíritu del hombre. Era absurdo presuponer que Chloe y yo estábamos predestinados a encontrarnos, pero también era perdonable pensar que las cosas tenían que ocurrir forzosamente así. En nuestra ingenua creencia, sólo nos defendíamos contra la idea de que igual podíamos habernos enamorado de otra persona si el ordenador de la compañía hubiese combinado las cosas de otro modo, una idea inconcebible cuando el amor está tan ligado a la singularidad del ser amado. ¿Cómo hubiera yo imaginado que el papel que Chloe llegó a desempeñar en mi vida también hubiese podido representarlo otra persona, cuando lo cierto es que me enamoré de sus ojos y de su manera de encender un cigarrillo y de besar, de contestar al teléfono y de peinarse?
Gracias al fatalismo romántico evitamos la impensable idea de que la necesidad de amar es siempre previa a nuestro amor por alguien en particular. Elegimos forzosamente a nuestro compañero o compañera dentro de los límites marcados por la gente a la que conocemos, y como existen distintos límites, distintos vuelos y distintos períodos o acontecimientos históricos, pudo no haber sido Chloe la persona de que yo acabase enamorándome, algo en lo que no podía pensar al ser ella, de hecho, el objeto de mi incipiente amor. Mi error había sido confundir el estar predestinado a amar con el estar predestinado a amar a una persona concreta. El error de pensar que Chloe, más aún que el amor, era inevitable. "
ALAIN DE BOTTON "Del amor".



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