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jueves, 31 de enero de 2008

MIENTRAS TÚ DUERMES



Cuando tú duermes
pones los pies muy juntos,
alta la cara y ladeada, y cruzas
y alzas las rodillas, no astutas todavía;
la mano silenciosa en la mejilla izquierda
y la mano derecha en el hombro que es puerta
y oración no maldita.

Qué cuerpo tan querido,
junto al dolor lascivo de su sueño,
con su inocencia y su libertad,
como recién llovido.

Ahora que estás durmiendo
y la mañana de la almohada,
el oleaje de las sábanas,
me dan camino a la contemplación,
no al sueño, pon, pon tus dedos
en los labios,
y el pulgar en la sien,
como ahora. Y déjame que ande
lo que estoy viendo y amo: tu manera
de dormir, casi niña,
y tu respiración tan limpia que es suspiro
y llega casi al beso.

Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día.

CLAUDIO RODRÍGUEZ "El vuelo de la celebración" (1.976)


* TAMARA DE LEMPICKA "La Dormeuse"

lunes, 26 de febrero de 2007

SUAVE


A FRANCISCO

Suave como el peligro atravesaste un día
con tu mano imposible la frágil medianoche
y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.

LEOPOLDO MARÍA PANERO "Last night together" 1980


¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
y tal vez en su trono aparezca la luna
circundada de mágicas estrellas.

Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
el oscuro verdor y veredas de musgo.

JOHN KEATS "Oda a un ruiseñor"


ANATOMÍA DEL DESASTRE


"Aunque tantas veces se lamentara Francis Scott Fitzgerald de no saber si tenía existencia real o era el personaje de una de sus novelas, sus quejas siempre sonaron absurdas, pues en gran parte era él quien había construido su leyenda de bello y maldito, y la vida se había encargado del resto: una leyenda de perdedor, fracasado, nostálgico, alcohólico, derrochador de su inmenso talento. Vida y obra anduvieron siempre unidas en él, casi indisociables, y esto es algo que se percibe claramente en "Suave es la noche" (1934), uno de sus títulos más autobiográficos, su novela más compleja y desesperada, tal vez por esto la más atractiva de todas.

Con su primera novela, "A este lado del paraíso" (1920), fue aclamado de la noche a la mañana como el portavoz de una rebelde generación de posguerra, la de la época del jazz, la de quienes 'crecieron para encontrar muertos todos los dioses, libradas todas las batallas, destruida toda la fe en los hombres'. Con esa primera novela, y sobre todo con "El gran Gatsby" (1925), conoció el éxito prematuro, subió a la cima de la gloria y se las ingenió para vivir como uno de sus héroes, con la suma de 40.000 dólares al año. Casado con 'la maravillosa Zelda', se sentía tan increíblemente feliz que acabó por advertir que su situación no podía durar, y ya en 1921 escribió: 'Tenía todo lo que quería y sabía que nunca volvería a ser tan feliz'.

No se equivocaba. Tras la resaca del éxito de "El gran Gatsby", su popularidad comenzaría a decrecer a medida que su talento artístico aumentaba. Hasta 1934, que fue cuando publicó "Suave es la noche" -novela que tardó ocho difíciles años en escribir-, todo fueron problemas que incidieron directamente en la construcción de su nuevo libro, incluso en la trama del mismo: dificultades financieras, mal alcohol y sobre todo la tragedia de cierta locura (no la suya, sino la de 'la maravillosa Zelda', con su afición obsesiva por la danza, su rivalidad con él como artista y esa perturbada mente a la que diagnosticaron -como a Nicole en "Suave es la noche" -): esquizofrenia.

Aunque no de una forma demente, también él tenía una personalidad escindida: 'La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para mantener dos ideas opuestas en la mente y, al tiempo, conservar la capacidad de funcionar'. En estas palabras hay una magnífica definición de la ironía, de una ironía más bien nostálgica; en estas frases puede verse -como dice Mariano Antolín Rato- un lamento enraizado en la forma de sus frases y en la elección de las palabras, en lo adecuado de su expresión, que constituye la clave del tono específico, tan atractivo, de sus escritos.

Sus escritos fueron siempre los de un autor vitalmente animado, tal como observara el crítico Edmund Wilson cuando apareció "A este lado del paraíso": 'Todo en él está animado de vida, de una vida mercurial y confusa. Sus emociones no nos conmueven profundamente, su drama no nos corta la respiración, pero su alegría, color y movimiento la convierten en algo excitante, después de la realista pesadez y oscuridad de tanta ficción norteamericana seria'.

Ese encanto estilístico especial lo hallamos sin cesar en "Suave es la noche", que, cuando apareció, en 1934, no pudo hacerlo en peor momento, pues a la depresión económica que perjudicaba mucho la venta de libros había que añadir que la novela de Scott Fitzgerald no era precisamente confortable: hablaba del deterioro, de la desintegración de un hombre, y era una dura anatomía del desastre, documentaba con terrorífica exactitud los detalles del vertiginoso descenso del doctor Dick Diver, psiquiatra que funcionaba con dos ideas opuestas en la mente, escindido entre el amor por su esposa Nicole, millonaria esquizofrénica, y la juventud de Rosemary, a la que quiere menos pero por la que también se siente atraído.

Ese idilio con Rosemary -el presente pavoroso de un pasado que podía haber existido- señala el comienzo del desmoronamiento del entrañable Dick Diver, que, al luchar por restablecer la salud mental de Nicole, lucha también por evitar que se derrumbe todo lo demás, es decir, su frágil mundo propio. Lucha, pero no lo logra; más bien acaba hundido del todo, acaba en un trágico hundimiento que el autor explica -al igual que posteriormente lo hizo de su propio desmoronamiento- diciendo que se trata de 'una bancarrota emocional'. La caída de Dick es lo que mantiene la atención del lector y, al final de la novela, cuando esa caída se agudiza, encontramos páginas inolvidables.

Como el héroe al final de una película sobre un hombre solitario, la figura del doctor Diver se pierde en la distancia. Y la novela termina con pasajes sobre la vida mediocre de Dick, médico ahora en una remota pequeña ciudad de Estados Unidos. Está claro que Suave es la noche refleja los problemas personales que fueron hundiendo a su autor a lo largo de los ocho años que tardó en escribirla. Para colmo de desgracias, cuando el libro apareció, tuvo una acogida indiferente; los lectores se habían olvidado del mundo rutilante de los años veinte, o, mejor dicho, se encontraban en una época diametralmente opuesta en el aspecto social, y además creyeron que volvía el escritor de las burbujas y el charlestón cuando éste, lejos de los años felices, lo que había escrito era la desoladora crónica del final de una época. Tal vez Fitzgerald pagó en ese momento -luego su obra se ha vuelto ligeramente inmortal- haber ligado su destino a la caducidad de un tiempo, el de los vaporosos años veinte, que él se había obstinado en recrear a cambio de desperdiciar parte de su talento.

'La misión del artista es examinar las fronteras de la conciencia', dice el doctor Diver a uno de sus pacientes. Posiblemente quiere indicar con esto que la oscuridad es para todos, excepto para los más fuertes, y que en el fondo es preferible quedarse sin cruzar esas fronteras, pues, después de todo, nuestra noche es suave -de ahí el título de la novela, menos gratuito de lo que se piensa-; después de todo, nuestra noche tiene la tierna ventaja de estar a este lado del paraíso, donde no hay fantasmas y sí bellos y malditos escritores como el gran Fitzgerald, un autor de una trágica y frágil pero bella ironía nostálgica, un autor que en el guión de la película de Frank Borzage "Tres camaradas" incluyó esta frase con la que sin duda todos sus lectores estarán vivamente de acuerdo: 'Cuando oscurece, siempre se necesita a alguien'.

ENRIQUE VILA-MATAS




* TAMARA DE LEMPICKA "Le rêve"

miércoles, 20 de diciembre de 2006

TAMARA DE LEMPICKA

                                       

Como os dije la semana pasada, en Milán tuve la suerte de visitar una Exposición temporal en el Palazzo Reale dedicada a la pintora Tamara de Lempicka (cuyos cuadros han servido para ilustrar varios post previos en este blog). Fue una verdadera suerte, porque aunque es una de mis pintoras favoritas, no recuerdo haber tenido la oportunidad de haber visto antes algún cuadro suyo en un museo. Además la mayoría de los cuadros expuestos pertenecían a colecciones privadas y habían sido traídos de todas partes del mundo para la ocasión.

La exposición estaba muy bien organizada, y reflejaba con claridad las distintas etapas de esta aristocrática mujer de vida azarosa, que le llevó de vivir en la Rusia Zarista al París de los años 20, Italia y finalmente Estados Unidos.

Fue curioso pasearse entre aquellos cuadros, desde el célebre "Jeune fille aux gants", hasta los típicos dedicados a su hija Kizette:




 

... pasando por otros más escandalosos, como el que dedicó a su amante del momento, la cantante de cabaret francesa Suzy Solidor o aquellos en los que usó como modelo a una prostituta llamada Rafaela...

"Le Tunique rose"


"Le rêve"

De los que no conocía previamente, me encantó este dedicado a la maternidad:

                                                         
Quizás la mayor sorpresa de la exposición fue descubrir que esta pintora no sólo dedicó su obra a reflejar en sus cuadros la frivolidad de los años 20 y 30 y la juventud y belleza de los dandys y damas de la época, sino que en ella también había cabida para otros temas.

Así, de entre todos sus cuadros, hubo uno que me llamó especialmente la atención, no porque fuera el más bonito precisamente, sino porque se apartaba de todo lo visto anteriormente. Casualmente era el cuadro favorito de Lempicka, que le acompañaba a todas partes y que finalmente regaló al Museo de Nantes (en reconocimiento al Museo que fue primero en adquirir un cuadro suyo, un retrato de su hija). Este cuadro es un retrato de la Madre Superiora de un convento de Parma (Italia), cuyo encuentro impactó vivamente a la pintora:


"Yo padecía la depresión de los artistas. Cuando uno crea, crea y saca tantas cosas de dentro, acaba por secarse y deprimirse. Fui a Italia para curarme de la depresión y una vez allí, decidí pronto abandonarlo todo y meterme en un convento cerca de Parma. Toqué el timbre. Me respondió una monja encantadora a quien le dije que quería ver a la madre superiora. "Siéntese, hija mía", me dijo. Me senté en un banco duro y esperé. No sé cuánto tiempo. Después entré en una maravillosa habitación estilo Renacimiento, techo y columnas, y allí estaba la madre superiora. Tenía en la cara todo el sufrimiento del mundo, era terrible mirarla, muy triste, tuve que salir corriendo de la habitación. Había olvidado a qué había ido hasta allí. Lo único que sabía era que necesitaba tela y pinceles y que tenía que pintarla, pintar aquella cara."

TAMARA DE LEMPICKA declaración que se recoge en la biografía de Laura Claridge editada por Circe.

* En la exposición compré dos bonitos poster, éste y éste , que algún día decorarán la casa que aún no tengo...

lunes, 25 de septiembre de 2006

LOS AMANTES


¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?

Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.

Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.

Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.

Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.

JULIO CORTÁZAR


* TAMARA DE LEMPICKA "Adán y Eva"

miércoles, 5 de abril de 2006

BELLA DEL SEÑOR


"En aquel hotel de Agay, pensaban sólo en sí mismos y en conocerse por completo, en abrir sus vidas entre dos vínculos, atractivamente habituales. Noches similares, rostros fatigados, pausas seductoras, y dejaba ella correr sus dedos por el hombro desnudo del amante para expresarle su recompensa o deslumbrarle y él cerraba los ojos, sonreía de placer. Reposaban abrazados de sus significativas penalidades, se dormían después de tiernos susurros y glosas, emergían del sueño para acercar sus labios o para unirse mejor el uno al otro, o confusamente yacer, medio dormidos, o furiosamente encontrados, repentinamente dispuestos. Y proseguía luego el sueño conjunto, tan grato. ¿Cómo no dormir juntos? Al amanecer, él la abandonaba dulcemente, velando por no despertarla y se iba a su cuarto. A veces ella abría los ojos. No me dejes, gemía. Pero él se desprendía de sus brazos que lo retenían ligeramente, la tranquilizaba, le aseguraba que no tardaría en volver. Sus alejamientos matutinos eran porque no quería que ella lo viese imperfecto, sin afeitar ni bañar. "


ALBERT COHEN "Bella del Señor"


* Tamara de Lempicka "Dormeuse"

sábado, 21 de enero de 2006

BY LOVE POSSESSED




Me dio un beso y era suave como la bruma
dulce como una descarga eléctrica
como un beso en los ojos cerrados
como los veleros al atardecer
pálida señorita del paraguas
por dos veces he creído verla su vestido
(estampado el bolso el pelo corto y
(aquella forma de andar muy en el
borde de la acera.
En los crepúsculos exangües la ciudad es un torneo
de paladines en cámara lenta
sobre una pantalla plateada
como una pantalla de televisión son las imágenes
de mi vida los anuncios
y dan el mismo miedo que los objetos volantes
venidos de no se sabe
dónde fúlgidos en el espacio.
Como las banderolas caídas en los yates de lujo
las ampollas de morfina en los cuartos cerrados de
los hoteles
estar enamorado es una música una droga es como
escribir un poema
por ti los dulces dogos del amor y su herida carmesí.
Los uniformes grises de los policías los cascos
las cargas los camiones los jeeps
los gases lacrimógenos
aquel año te amé como nunca llevabas un
vestido verde y por las mañanas sonreías
Violines oscuros violines de agua
todo el mundo que cabe en el zumbido de una línea
telefónica
los silfos en el aire la seda y sus relámpagos
las alucinaciones en pleno día como viendo fantasmas
luminosos
como palpando un cuerpo astral
desde las ventanas de mi cuarto de estudiante
y muy despacio los visillos
con antifaz un rostro me miraba
el jardín un rubí bajo la lluvia

PERE GIMFERRER

("Green dress" Tamara de Lempicka 1.930)

 
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