
"Casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas están cerradas.
Así es que los castigos eran algo completamente natural, algo que jamás se cuestionaba. A veces eran rápidos y sencillos como bofetadas o azotes en el culo, pero también podían adoptar formas muy sofisticadas, perfeccionadas a lo largo de generaciones.
Si Ernst Ingmar se hacía pis, lo que ocurría con demasiada frecuencia y facilidad, tenía que llevar el resto del día una falda roja que le llegaba hasta las rodillas. Esto se consideraba inofensivo y risible.
Los delitos más graves eran castigados ejemplarmente: todo empezaba con el descubrimiento del delito. El delincuente se confesaba ante una instancia de menor entidad, es decir, ante las sirvientas o ante mi madre o ante alguna de las innumerables mujeres que vivían a temporadas en la casa rectoral.
La consecuencia inmediata de la confesion era el aislamiento. Nadie te hablaba ni contestaba. Esto tenía por objeto, según puedo entender, hacer que el delincuente sintiera deseos de recibir el castigo y el perdón. Después de la comida y del café se convocaba a las partes al despacho de mi padre. Allí seguían los interrogatorios y las confesiones. Después traían la paleta de sacudir alfombras y uno mismo tenía que decir cuántos azotes creía merecer. Una vez establecida la cuota, se cogía una almohada verde, muy rellena, se bajaban los pantalones y los calzoncillos, lo ponían a uno boca abajo sobre el cojín, alguien sujetaba con firmeza el cuello del malhechor y se daban los azotes.
No puedo afirmar que fuesen particularmente dolorosos, lo que dolía era el ritual y la humillación. (...)Terminada la tanda de azotes, había que besar la mano de mi padre. Inmediatamente se comunicaba el perdón y el peso del pecado caía a tierra dando paso a la liberación y a la misericordia. Es cierto que uno se iba a la cama sin cena y sin lectura, pero el alivio era, de todas maneras, notable."
IGMAR BERGMAN "La linterna mágica"

Obispo: Alexander, muchacho, ante tu hermana y en presencia de Justine me has acusado de haber matado a mi esposa e hijas.
Alexander:¿Qué?
Obispo:Justine, repítele lo que has dicho.
Justine: Alexander pretende que vio a la difunta señora y a sus hijas y que la señora le habló, dijo que su reverencia el Obispo le había encerrado a ella junto con las niñas en el dormitorio, sin agua y sin comida. Pasados cinco días trataron de escapar por la ventana pero se ahogaron al intentarlo.
Obispo:¿Reconoces haber dicho eso, Alexander?
Alexander:No.
Obispo:¿Afirmas que Justine ha dado un falso testimonio?
Alexander:Naturalmente.
Obispo:Jutine, ¿estás dispuesta a ratificar tu declaración bajo juramento?
Alexander:Si, señor.
Obispo:Muy bien, Justine. Fanny, ¿oiste la historia de Alexander?
Fanny: No.
Obispo: ¿Entonces afirmas que Justine miente o estaba soñando?
Alexander:Sí.
Obispo:Ven aquí, por favor, Alexander. ¿Estás dispuesto a jurarlo?
Alexander:Naturalmente.
Obispo:Es pecado mortal jurar en falso, Alexander, y además se castiga muy severamente el perjurio.
Alexander:Sí.
Obispo:Pon tu mano sobre la Biblia y repite conmigo: "Yo Alexander Edgar, juro por las Sagradas Escrituras y el Dios Eterno que lo que he dicho, digo y voy a decir es la verdad y tan solo la verdad".
Alexander:Yo Alexander Edgar, juro por las Sagradas Escrituras y el Dios Eterno que lo que he dicho, digo y voy a decir es la verdad y tan solo la verdad.
Obispo:Alexander, muchacho, recuerdo que tú y yo sostuvimos una conversación hace cosa de un año para tratar sobre temas morales.
Alexander:Yo creo que no fue una conversación.
Obispo:¿Qué quieres decir?
Alexander:El Obispo habló y Alexander calló.
Obispo:Calló avergonzado por sus mentiras.
Alexander:Soy más precavido desde entonces.
Obispo:¿Quieres decir que mientes mejor?
Alexander:Supongo que si.
Obispo:Alexander, muchacho, no puedo concebir tu modo de proceder, ¿tú crees que puedes manchar el honor de otras personas impunemente?
Alexander:Yo creo que el Obispo odia a Alexander. Eso creo.
Obispo:¿Con que eso es lo que tú crees? Entonces voy a decirte algo, algo que quizás vaya a sorprenderte. Yo no te odio, yo te quiero, pero debes comprender que el amor que siento por ti, por tu madre y por tu hermana no es un amor ciego ni atolondrado. Es rígido y fuerte, Alexander. ¿Estás oyendo lo que te digo, Alexander?
Alexander:No.
Obispo:No tiene sentido, y te equivocas al apreciar la situación, Alexander, porque yo soy mucho más fuerte que tú.
Alexander:No me cabe duda de eso.
Obispo:Espiritualmente, quiero decir, y eso es porque la Verdad y la Justicia están de mi lado. Alexander, y sé bien que acabarás confesando dentro de un rato, y tu confesión y tu castigo serán un alivio para tu conciencia. Eres un chico muy inteligente y comprendes que el juego está acabado y perdido, pero eres orgulloso y muy terco, aunque ahora estés avergonzado.
Alexander:¿Qué he de confesar? No me acuerdo.
Obispo:¿Con que no?
Alexander:¿Qué quiere el Obispo que Alexander confiese?
Obispo: ¿Sabes que tengo medios a mi disposición?
Alexander:No lo sabía. Ahora lo sé.
Obispo:Debes saber que en mi infancia los padres no eran tan blandos, tenían una vara y yo también tengo algo parecido. Se utiliza para sacudir alfombras, pero puede servir también para otras cosas. Si con esto no obtenían resultados, tenían otro medio a su alcance que es el aceite de ricino, aquí están un frasco y un vaso. Después de unos buenos sorbos se empieza a estar mucho más dócil, y si el ricino no lo consigue hay un cuarto oscuro y húmedo, donde al cabo de unas horas los ratones empiezan a rondar por la cara.
Alexander:¿Por qué he de ser castigado?
Obispo:Eso es obvio, muchacho. Tienes una grave falta en tu carácter, no distingues la realidad de la mentira. Ahora eres un niño y tus mentiras son infantiles, por muy terribles y graves que puedan ser, pero pronto serás un hombre, Alexander, y la vida castiga a los embusteros de un modo cruel. No lo olvides: tan solo el castigo te enseñará a amar la Verdad.
Alexander:Confieso que lo que dije de que el Obispo había encerrado a su esposa y a sus hijas es mentira.
Obispo:¿Y reconoces haber cometido perjurio?
Alexander:Creo que si.
Obispo:Ahora has alcanzado una victoria, Alexander, sobre ti mismo. ¿Qué castigo escoges: la vara, el aceite de ricino o el cuarto oscuro?
Alexander:¿Cuántos golpes recibiré?
Obispo:Diez, ni uno más ni uno menos.
Alexander:Entonces escojo la vara.
Obispo:Trae los cojines, ponlos en la mesa. Bájate los pantalones, Alexander. Ahora échate encima.(-----------------------------)Levántate, ¿no tienes nada que decirme?
Alexander:No.
Obispo:Has de pedirme perdón ahora.
Alexander:Eso no lo haré.
Obispo:Habré de continuar pegándote hasta que pidas perdón. ¿No quieres evitarnos a ambos tan desagradable experiencia?
Alexander:Nunca le pediré perdón.
Obispo:¿De modo que no me quieres pedir perdón?
Alexander:No.
Obispo:Echate en la mesa, Alexander. (---)
Alexander:No siga.
Obispo:Bien,¿vas a pedirme perdón ahora?
Alexander:Sí.
Obispo:Bien, ¿qué tienes que decir? Habla alto para que todos escuchen tu contricción.
Alexander:Alexander le pide al señor Obispo que le perdone...
Obispo:... por la mentira y el perjurio.
Alexander:Por la mentira y el perjurio.
Obispo:¿Comprendes bien que te he castigado por que te quiero?
Alexander:Sí.
Obispo:Bésame la mano.
Alexander:¿Puedo irme a la cama?
Obispo:Si,si, pero para que reflexiones sobre todo lo ocurrido en paz y en tranquilidad, dormirás en el desván.
INGMAR BERGMAN "Fanny y Alexander".