domingo, 19 de marzo de 2006

STAIN BOY



Of all the super heroes,
the strangest one by far,
doesn't have a special power,
or drive a fancy car.

Next to Superman and batman,
I guess he must seem tame.
But to me he is quite special,
and Stain Boy is his name.

He can't fly around tall buildings,
or outrun a speeding train,
the only talent he seems to have
is to leave a nasty stain.

Sometimes I know it bothers him,
that he can't run or swim or fly,
and because of this one ability,
his dry cleaning bill is sky-high.


De todos los super héroes,
el más extraño de verdad,
no tiene ningún poder especial,
ni elegancia igual.
Junto a Superman o Batman,
tiene poco que hacer el hombre,
pero para mí es especial
y Stain Boy es su nombre.

Volar no puede,
ni superar trenes.
Lo único que ha logrado
es dejar un buen manchón a su lado.

Por Navidad recibió un nuevo uniforme,
limpito, planchado e impoluto.
Más en menos de diez minutos,
su poder volvió a él
y todo se quedo manchado otra vez.
Por extraño que parezca,
Stain Boy se presenta limpito y aseado,
mostrando su solemne S y su recia capa,
junto antes de la mancha.
TIM BURTON

4 comentarios:

Alberto B. dijo...

La melancólica muerte de Chico Ostra


Se le declaró en la costa,
y en la playa fue la boda.
Su larga luna de miel
en la isla de Capri fue.

Para la cena el mesero
les puso un solo platillo:
un gran caldo de mariscos.
La novia pidió un deseo.

Y el deseo se realizó.
Dio al fin a luz un bebé.
Pero éste ¿era humano o no?
Bueno, quizá. Tal vez.

Diez dedos en pies y manos,
y demás órganos sanos.
Podía sentir y escuchar.
Pero ¿normal? No, ni hablar.

Este engendro antinatura,
este cáncer indecente,
era la imagen viviente
de toda su desventura.

Ella se quejó al doctor:
"No es hilo de mi madeja.
¿De dónde sacó ese hedor
a salmuera, pez y almeja?"

"Y ha sido usted afortunada.
Yo, la semana pasada,
traté a una niña con pico
y tres orejas. ¿Me explico?
Si es mitad ostra su niño,
búsquese otro a quien culpar.
-Y añadió con cierto guiño-:
"¿Se ha puesto a considerar
una casita en el mar?"

No sabían cómo llamarlo.
A veces le decían Carlo
y a veces -con voz perpleja-
"eso que parece una almeja".

Encogido el corazón,
ninguno en verdad sabía
si el chico ostra algún día
rompería el caparazón.

Los cuatrillizos Montalvo
cierta vez se lo toparon.
Le espetaron un "¡Bivalvo!"
y enseguida se escaparon.

Alberto B. dijo...

Una tarde en que llovía,
Carlo se sentó en la calle.
Y miró arremolinarse
el agua en la alcantarilla.

Aparcada en la cuneta,
conmovida y afligida,
su madre daba salida
a su congoja secreta.

Ya se habían acostado
una noche, y ella dijo:
"Cariño, huele a pescado
y yo creo que es nuestro hijo.
Y aunque dicen que una dama
debe callarse estas cosas,
me parece que le endosas
tus problemas en la cama"

Él probó cuanta loción
pudo hallar en el mercado.
Tenía el cuerpo colorado
y comezón, comezón.
Y de rascar y rascar
la piel empezó a sangrar.

El doctor, tras una pausa,
dijo: "El remedio a su mal
podría ser su misma causa.
Las ostras, como sabéis,
dan gran potencia sexual.
Supongo que si os coméis
a vuestro niño podréis
saciar el ansia carnal".

Se acercó muy de puntitas,
muy a oscuras y en celada,
porque no notara nada
quien le daba tantas cuitas.
Y en voz muy baja le dijo:
"Carlo queridísimo, hijo:
no quisiera interferir
ni causarte desconsuelo.
Pero ¿has pensado en el cielo,
o te has querido morir?

Carlo parpadeó al oírlo
pero no le dijo nada.
Su papi apretó el cuchillo
y se aflojó la corbata.

Cuando lo levantó en vilo,
Carlo le mojó el abrigo.
Y en su boca ya la valva,
se escurrió por su garganta.

En la costa lo enterraron,
en la arena, junto al mar.
Una oración murmuraron
y se fueron a cenar.

Una cruz que daba pena
marcaba su sepultura
y unas letras en la arena
prometían vida futura.

Pero al subir la marea
una ola grande y fea
borró sin pena ni gloria
para siempre su memoria.

De regreso en el hogar,
él se le empezó a acercar.

La besó y le dijo: "Bella,
hagamos otra faena".
"Pero esta vez -susurró ella-
pidamos que sea una nena".

Alberto B. dijo...

Una tarde en que llovía,
Carlo se sentó en la calle.
Y miró arremolinarse
el agua en la alcantarilla.

Aparcada en la cuneta,
conmovida y afligida,
su madre daba salida
a su congoja secreta.

Ya se habían acostado
una noche, y ella dijo:
"Cariño, huele a pescado
y yo creo que es nuestro hijo.
Y aunque dicen que una dama
debe callarse estas cosas,
me parece que le endosas
tus problemas en la cama"

Él probó cuanta loción
pudo hallar en el mercado.
Tenía el cuerpo colorado
y comezón, comezón.
Y de rascar y rascar
la piel empezó a sangrar.

El doctor, tras una pausa,
dijo: "El remedio a su mal
podría ser su misma causa.
Las ostras, como sabéis,
dan gran potencia sexual.
Supongo que si os coméis
a vuestro niño podréis
saciar el ansia carnal".

Se acercó muy de puntitas,
muy a oscuras y en celada,
porque no notara nada
quien le daba tantas cuitas.
Y en voz muy baja le dijo:
"Carlo queridísimo, hijo:
no quisiera interferir
ni causarte desconsuelo.
Pero ¿has pensado en el cielo,
o te has querido morir?

Carlo parpadeó al oírlo
pero no le dijo nada.
Su papi apretó el cuchillo
y se aflojó la corbata.

Cuando lo levantó en vilo,
Carlo le mojó el abrigo.
Y en su boca ya la valva,
se escurrió por su garganta.

En la costa lo enterraron,
en la arena, junto al mar.
Una oración murmuraron
y se fueron a cenar.

Una cruz que daba pena
marcaba su sepultura
y unas letras en la arena
prometían vida futura.

Pero al subir la marea
una ola grande y fea
borró sin pena ni gloria
para siempre su memoria.

De regreso en el hogar,
él se le empezó a acercar.

La besó y le dijo: "Bella,
hagamos otra faena".
"Pero esta vez -susurró ella-
pidamos que sea una nena".

Alberto B. dijo...

Repe! sorry.

Un librillo precioso.

 
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